Soñar La Habana 3
Salvador Aburto
El primer viaje a La Habana suele ser inolvidable. Cualquier expectativa puede ser rebasada, porque la ciudad es mágica. Resolver airosamente los asuntos migratorios en el aeropuerto, son la antesala y la condición, para dar cabida al sueño de vivir, convivir y sobrevivir a las experiencias que ofrece el pueblo y la cultura cubanas. Es el afecto, los colores y la música omnipresentes, lo que convierte toda imagen en un detonador vivencial muy difícil de olvidar.
El turista que visita La Habana, suele comprometerse con la interacción humana. Es imposible mantenerse ajeno a la interacción con los cubanos, más allá de la transacción o el servicio turístico. Los guías, los taxistas, el
personal de los hoteles y los centros vacacionales, y los empleados de las tiendas para turismo, igual que la mayoría de los habaneros, poseen cualidades humanas interactivas que irrumpen fácilmente en el campo afectivo de cualquier visitante, sin importar sus condiciones sociales e intelectuales.
Parece ser una habilidad ancestral, donde convergen variables genéticas, culturales, políticas, sociales, y la propia condición de ser uno de los primeros puertos latinoamericanos. Al menos con los mexicanos, la comunicación es inmediata; y la argumentación reiteradamente se refiere a la hermandad de los pueblos y simpatía histórica con el sistema socialista, la historia común desde la colonización española, la difusión artística: musical, cinematográfica, y los artistas que a los que se adjudica ser patrimonio legítimo entre ambos pueblos.
Bueno, este contexto es el básico para el turismo mexicano; pero igual pueden argumentarse en cualquier otra nacionalidad. Porque la afectividad en la interacción con los cubanos, es condición para soñar La Habana. En cualquier momento, en cualquier lugar, un nuevo diálogo puede irrumpir la escena y despertar nuevas dimensiones para la experiencia humana.
Mi primer viaje a La Habana fue en 1990, para asistir a un evento académico que se llevó a cabo en el Palacio de las Convenciones. La transportación al entonces flamante Hotel Neptuno, en la zona de Miramar, la hicimos en una “guagua” para turistas. Esto quiere decir, con clima acondicionado y tipo ómnibus. Nuestra guía asignada para toda la semana de nuestra estancia, nos hizo saber algunas cosas que todavía recuerdo:
1.- Cambiar de aquellos dólares (que inexplicablemente estaban a la misma paridad del peso exclusivo para el turista denominado “divisa”), solo los necesarios. Era prácticamente considerado un delito, toda transacción comercial con dólares. Y si nos sentíamos tentados de realizar algunas compras en pesos cubanos, estos se deberían de cambiar en el propio hotel (no había casas de cambio como ahora), para eludir el mercado negro que aunque se conseguían a cotizaciones más altas, podrían ser falsos; y que finalmente, era muy poco lo que se podría adquirir con pesos cubanos: maní, artesanías, subirse en guaguas públicas, y consumir productos nacionales.
2.- No abandonar las rutas marcadas por el programa; evitar andar solitarios en lugares sin vigilancia policial; evitar todo contacto con la delincuencia camuflada en los espacios públicos, y que fácilmente se podían reconocer porque nos ofrecerían mercancía y servicios prohibidos: el mercado negro de las drogas, tabaco, ron, ppg, sexo y paseos en transportes no oficiales.
3.- Aconsejaban dejar en el hotel, de preferencia en cajas de seguridad, todos los valores, incluyendo dólares, documentos oficiales como pasaportes, credenciales, visas, tarjetas de crédito, joyería y prendas. A cambio, conservar siempre a la mano la identificación que el propio hotel nos entregaba a la hora del registro.
Por lo regular, el hospedaje incluía un desayuno-buffet, que los cubanos denominan “mesa sueca”, y que suele consistir en leche, jugo, café, cereal, huevos, embutidos, ensaladas, pan francés y “dulcitos” o pan dulce. Los demás alimentos se tenían que consumir en restaurantes para turistas.
La primera consigna de todo guía turístico parecía ser, ganarse la simpatía de
los visitantes. Una vez en el ómnibus, todo estaba bajo su responsabilidad, incluyendo las maletas. Los horarios y su puntualidad también eran de su incumbencia y la persecución no tenía piedad. Salir y llegar a tiempo, pese a no ser una conducta propia de nuestras culturas, era una verdadera obsesión.
El programa implicaba llegar a tiempo a las sesiones académicas en el Palacio de las Convenciones; el regreso puntual al hotel, lo mismo en el caso de los programas alternos que incluían visitas a museos, paseos por la ciudad, teatros y centros de diversión. Así, se conseguía un ambiente extraordinariamente impactante: por un lado, la actualización y expansión del conocimiento académico; y por el otro, toda la magia de la cultura y de las artes cubanas,
Así conocimos el Teatro “García Lorca”, en una gala de ballet que satisfacía a los gustos más excelsos. También El Tropicana, con uno de los espectáculos de cabaret más famosos del mundo. Y en el lobby del Palacio de las Convenciones, las expresiones del folklore más representativas de Cuba. “La Bodeguita del Medio”, y los restaurantes y bares de La Habana Vieja, llenaron el resto de nuestras experiencias: escuchar, cantar y bailar, la música popular cubana que es una de las más conocidas del mundo.
Salsa, sones, boleros, danzones, chachachá, guarachas, folklore afro…se han quedado para siempre en todas mis evocaciones. (continuará)







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